lunes, 4 de mayo de 2015

Una historia autocensurada

La tarde era lluviosa y tuvo la idea de ir a dar un paseo junto al río. La lluvia no importaba, necesitaba salir de casa para tomar un poco el aire. En esos momentos no caía ninguna gota pero las nubes en cualquier momento descargarían. Se acercó a la orilla del río y se sentó muy cerca del agua. Le gustaba oír cómo el río fluía, pero además era un día estupendo porque era capaz de oler las flores que había alrededor. La tierra estaba un poco húmeda pero no demasiado para poder desconectar de su trabajo, de su familia. Se escuchaba un par de pájaros a lo lejos. Era increíble que dentro de la ciudad hubiera un sitio que te transportaba tan lejos de la civilización. Esos momentos eran lo mejor del día y hoy más que nunca necesitaba poner en orden su cabeza. ¿Qué podía hacer? No tenía a nadie a quién acudir. No podía seguir así, la vida tenía que cambiar.
Solamente le quedaba Carlos que siempre le había apoyado y además siempre creyó que estaba enamorado de ella. Era un chico estupendo pero siempre le vio como un amigo. Y si pasara la línea de la amistad y no fuera lo mismo... La verdad es que él se portó genial y siempre estaba ahí. Se levantó del suelo, cruzó la arena, dejó atrás uno de los chiringuitos y decidió llamar a Carlos. Ese fue el comienzo de su nueva vida.

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